Dos pequeñas
luces oscuras calcan el reflejo de mi triste rostro. Desconcierto.
Desconfianza. ¿Quién es ella? debe
pensar. Soy yo. La de siempre. La pequeña. La que siempre te pedía aquellos
caramelos suaves y dulces. Nada ocurre.
Nunca quiso
dejarse el cabello de ese tono blanco, ella siempre quería un tinte. Su ropa
nunca era de colores claros, era siempre oscura. ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué
ahora que ya no puede darse cuenta de lo que le pasa?
Ella no escogió
eso, le vino como si de un resfriado se tratase. Nunca ha hecho mal a nadie,
persona pacífica que siempre ayudaba y ofrecía cualquier cosa a cualquier
persona. Ahora, en cambio, ya no puede hacer nada, simplemente estar sentada
mirando a través de las personas que quieren ayudarla en vano. Miradas vacías,
palabras sin sentido, pero palabras. Cortas sonrisas que siempre acaban
difuminándose. Ojalá mostrara ese rostro feliz causado por el amor de su gente.
Su gente, ya queda poca. Poco a poco todos se van, cabizbajos, pensando en qué
podría haber sido de ella si la tristeza no se hubiese abalanzado encima de su
persona. Queremos recordarla como era antes, pero su reciente imagen invade
nuestro ser. No podemos hacer nada para evitar la situación.
Le hablo, me
mira, y ya está. Quién me hubiera dicho a mí hace unos años que la persona por
la que yo daría la vida, por la que entregaría el alma, estaría así.
Nacimiento, infancia y adolescencia ha vivido de nuestras vidas, de los
pequeños de la casa. Siempre allí, hombro con hombro, a nuestro lado. Nunca
dijo un no. Siempre era sí. Sí quería recoger a las pequeñas, sí quería
comprarles una dichosa bolsita de caramelos, sí quería vivir para ellos. Nunca
había sido persona de caricias, es más, ahora aún sigue rechazándolas, pero
siempre se dejó querer. Por todos. Por los suyos. Por ellos. Por mí.
Sus ojos no
muestran aquella luz que ya en aquellos tiempos tampoco era muy potente por
desgracias ocurridas a su alrededor, pero ahora ni si quiera muestra un atisbo
de felicidad. Nada. Vacío. Los que realmente la aman profundamente estarán a su
lado hasta que el destino diga basta. Porque lo importante, como bien dijo
alguien un día, es que ella no sabe quién es, pero nosotros sí sabemos quién es
ella. ¿Qué seríamos nosotros sin ella? ¿Quién soy yo sin ella?
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